En la tercera de las jornadas informativas sobre la situación actual del Misterio de Obanos, celebrada el 19 de septiembre de 2025 en la Casa de Cultura, la escritora de novela histórica Begoña Pro Uriarte —veraneante en Obanos desde la niñez— ofreció una breve intervención sobre la situación de la mujer en la Edad Media.
Su aportación se enmarcó en el proyecto de actualización del Misterio que promueve el actual presidente de la Fundación, Mikel Pagola Erviti, que propone la reconfiguración radical del foco dramatico de la obra, con la que Felicia se convertiría en la protagonista absoluta de la primera parte, reflejando además que el Camino de Santiago, como metáfora de su particular camino vital, le llevará a decidir sobre su futuro, eligiendo cambiar el papel se le tenía asignado en la corte por ser mujer.
A continuación se publica el texto, elaborado por la propia autora, como compendio de aquella charla.
Christine de Pizan (1364-1430) fue una destacada filósofa y escritora veneciana que creció en la corte parisina, adonde su padre había sido llamado por Carlos V en calidad de médico y astrólogo. El cargo de su padre le permitió acceder a una educación privilegiada y exquisita en distintas materias. Como lectora le llamaron la atención algunas de las obras de más éxito de la época, como el poema Le Roman de la Rose, que Guillaume de Lorris había comenzado a escribir en 1225 y que, años más tarde, a su muerte, continuó Jean de Meung. En la primera parte, el poema aborda de manera onírica el tema del amor cortés, mientras que Meung, en su contribución, aconseja al protagonista no seguir las normas del amor cortés y ridiculiza algunas de sus ideas y comportamientos, perjudicando notablemente la imagen de las mujeres. También Christine tuvo acceso a la obra titulada El libro de las lamentaciones de Mateolo, en la que el autor afirma que las mujeres hacen miserables las vidas de los hombres.

Estas lecturas llevaron a Christine a reflexionar sobre la situación de las mujeres e inició un debate público, que se ha conocido como la Querelle de las femmes (la querella de las mujeres) o de la Rose, para defender la capacidad intelectual de las mujeres y su derecho a acceder a estudios universitarios. Para sostener su defensa, escribió Le Livre de la Cité des Dames (El libro de la ciudad de las damas), en 1405. En él, entre otras cosas, habla sobre numerosas mujeres destacadas a lo largo de la historia en diferentes ámbitos, utilizando sus biografías para confrontar las afirmaciones misóginas de la época. Ella puso en valor la vida de mujeres tan diferentes como Semíramis, fundadora de Babilonia; Blanca de Castilla, regente de su hijo Luis IX de Francia; María Magdalena; las amazonas Tamiris, Melanipe, Hipólita y Pentesilea; Circe; Julia, hija de Julio César; Penélope o Berenice de Capadocia.

Sin quitar el foco de la figura de San Guillén o San Guillermo, que es el santo de referencia en Obanos y que aparecía casi como único protagonista en el Misterio de Obanos hasta ahora, no está de más hacer una reflexión, tal y como hizo Christine, sobre la situación de las mujeres en la Edad Media y, de su mano, centrar el personaje de Felicia de Aquitania en su época. No hay que olvidar que, después de todo, es ella quien hace avanzar la historia narrada en este auto sacramental. Es su decisión de posponer su matrimonio y de peregrinar a Santiago de Compostela lo que nos hace entrar de lleno en el desarrollo de la trama que cuenta la vida de estos dos hermanos.
Ricardo Walter Corleto, en su obra titulada La mujer en la Edad media, dice que durante este periodo hubo una visión contrastante de la mujer que iba desde el desprecio a la adoración. Y eso lo podemos ver en todos los ámbitos sociales, que son los que analizaré a continuación.

Ámbito eclesiástico
En el ámbito eclesiástico, la visión de la mujer fue equidistante, según se la juzgara desde el punto de vista de las dos figuras más relevantes del mundo cristiano: Eva o María. Eva era la mujer pecadora, la tentadora por cuya malicia se nos había arrojado del paraíso. Las mujeres heredaron de este modo los peores atributos con los que se tildaba a la primera mujer conocida de historia de la humanidad. Pero la Iglesia también potenció durante esta época el culto a la Virgen María. En contraste con Eva, María era la mediadora entre Dios y el hombre, la que podía interceder por nosotros para ser salvados. La consolidación de las fiestas marianas y la creación de tallas que representaban a la Virgen reforzó también la imagen de las mujeres. Muchos reyes convirtieron a la madre de Jesús es su patrona y protectora, creando centros de devoción mariana muy significativos. El rey García III de Nájera, por ejemplo, después de descubrir una escultura de la Virgen en una cueva, junto a una jarra que contenía flores, prometió elevar sobre ese sitio un templo dedicado a su culto si la Virgen le ayudaba en sus luchas contra los musulmanes. Y así surgió Santa María de Nájera y la Orden de la Jarra. Carlos II, por su parte, mandó forrar de plata la hermosa talla de la Virgen que se encuentra en Ujué. Y es en este santuario donde hoy reposa su corazón.
También constituyó un hito la aparición del catarismo. Aunque considerada como una herejía, esta religión, que promulgaba una revisión del cristianismo y era partidaria de regresar a sus orígenes, consideraba iguales al hombre y a la mujer. Dirigiendo a los fieles había tanto prefectos como prefectas.

Ámbito cultural
A caballo entre el ámbito eclesial y el cultural, hay que hablar de los centros monásticos y de las abadías, donde vivía un gran número de mujeres. Muchos de estos lugares manejaron grandes fondos económicos enriquecidos porque era el lugar adonde se retiraban muchas mujeres nobles y estaba reservado para acogimiento de las hijas menores de los reyes. Los monasterios eran los lugares ideales para que la mujer accediera al estudio de disciplinas muy variadas. Y entre sus muros surgieron no pocas iluminadoras notables, cuyo trabajo ha quedado reflejado en decenas de códices, aunque fuera hecho de manera anónima, de modo que su autoría no ha trascendido a nuestros días.

Un caso de notable aprovechamiento de las oportunidades que ofrecía una abadía lo tenemos en Hildegarda de Bingen (1098-1179). Esta mujer acabó rigiendo el convento al que unió su vida desde muy joven. Entre sus notables aportaciones encontramos numerosos tratados dedicados a las plantas medicinales, a temas epistolares y médicos. Eso sin contar con que se inventó un abecedario y un idioma nuevo (semejante a lo que hoy sería el esperanto), compuso numerosas obras musicales y fue quien desarrolló la fórmula de la cerveza.
Otro caso que se puede destacar en el ámbito de la cultura es el de la propia Christine de Pizan, que es considerada como la primera mujer de la historia que se ganó la vida como escritora y sacó adelante a su familia, tras quedarse viuda, gracias a los ingresos que recibía por el desempeño de esta profesión.
Ámbitos civil y militar
En los ámbitos civil y militar la mujer era considerada, en general, como un ser inferior al hombre y muchas veces supeditado a él. Sin embargo, muchas mujeres alcanzaron grandes cotas de poder tanto en el gobierno de extensos territorios como al frente de instituciones religiosas. Aunque normalmente era el varón quien heredaba las tierras y títulos de sus antepasados, no fue extraño que una mujer tomara posesión de grandes herencias. Así, por ejemplo, el rey Sancho Ramírez dio a su hermana, Sancha, el gobierno de la diócesis de Pamplona. Leonor de Aquitania rigió por derecho propio el ducado de Aquitania. Urraca I de León heredó los territorios de su padre, Alfonso VI. Matilde de Canossa gobernó un extenso territorio consolidado al norte de los Estados Pontificios. La reina Blanca, originaria de Castilla, ejerció como regente de Francia durante la minoría de su hijo, Luis IX; y lo hizo por expreso deseo de su esposo, Luis VIII, quien la designó como tal en su testamento. A la reina Toda, esposa de Sancho I de Navarra, se la puede considerar como a una de las mujeres más poderosas del siglo X. Hizo de regente de su hijo, García I, y desplegó sus dotes diplomáticas concertando matrimonios que ayudaron a expandir los dominios del reino de Pamplona y firmando treguas con su sobrino, el poderosísimo Abderramán III de Córdoba.
Siguiendo con ejemplos cercanos, hay que decir que en Navarra nunca existió ninguna ley que impidiera a la mujer heredar el trono. Si bien es cierto que se prefería al varón, tenemos muchos ejemplos de reinas titulares de nuestro reino. La primera mujer en heredar el trono de Navarra fue Juana I, en 1274, tras fallecer su padre, Enrique I. Después de ella vendrían Juana II, Blanca I, Leonor I, Catalina de Foix y Juana III de Albret.

Capítulo aparte es el militar. Las mujeres no eran instruidas en el manejo de las armas ni se esperaba de ellas que se pusieran al frente de ningún ejército. Sin embargo, hay algunos ejemplos. El más destacado, sin duda, es el de Juana de Arco. En plena guerra de los Cien Años, surgió de repente la figura de una humilde mujer quien, diciendo haber tenido unas visiones en las que el arcángel Miguel, santa Margarita y Catalina de Alejandría se le aparecían y le daban instrucciones sobre cómo afrontar la guerra contra Inglaterra, se presentó ante el heredero francés. El futuro Carlos VII la envió entonces a Orleans. Los ingleses llevaban tiempo asediando la ciudad y campaban a sus anchas por los alrededores. Nueve días después de la llegada de Juana con un ejército de socorro, los ingleses levantaron el sitio. Su intervención y su triunfo facilitaron la entronización de Carlos VII y la victoria final sobre los ingleses en lo que fue el preludio del final de este largo choque. Los ingleses nunca perdonaron a Juana su protagonismo y elevaron contra ella una acusación de brujería, que la llevó a la hoguera. No de forma tan directa, pero también Blanca, hija de Sancho VI el Sabio, condesa regente de Champaña, se puso al frente de los ejércitos champañeses para defender los derechos de su hijo, el futuro rey Teobaldo I de Navarra, sobre los feudos de Champaña y Brie frente a varios nobles levantiscos.
Amor cortés
Una de las razones por las que la figura de la mujer tomó relevancia en el ámbito civil fue por la aparición del amor cortés, ya que con él comenzó a ocupar el centro de atención. Ella era la que inspiraba al caballero para que llevara a cabo grandes gestas y empresas. Como prueba de que la estima era correspondida, ella le entregaba una prenda de amor que el caballero solía llevar anudada en su antebrazo. Las cortes organizaron torneos y justas en las que los caballeros se enfrentaban portando la enseña de sus amadas y se llenaron de poetas que ensalzaban el llamado fin d’amour.

A su amparo surgieron mecenas y trovadores, que componían trovas de amor para conquistar a esa mujer con la que no podían casarse, pero que ocupaba el centro de su estima. Y junto a los trovadores, aparecieron también las figuras de las trobairitz, como María de Ventadorn, Alamanda, Azalais de Altier, María de Francia o Contessa Beatriz de Dia, que se atrevían a trovar componiendo canciones en honor de los caballeros que consideraban dignos de ser ensalzados. Y esas composiciones nada tenían que envidiar al nivel alcanzado por las de los hombres. Hay que tener en cuenta que una de las cortes donde más se favoreció el amor cortés fue en la de Aquitania, mientras estuvo regida por Leonor. Su hija, María, exportó este modelo a la corte francesa y fue mecenas de Chrétien Troyes. Se desarrollaron así los mitos artúricos y surgieron las primeras novelas de caballería.
Ámbito doméstico
Las mujeres pertenecientes a los estamentos más bajos de la sociedad medieval se convertían, tras casarse, en el centro del núcleo familiar. Ellas se encargaban de las labores del hogar, la crianza de los hijos, además de realizar labores agrícolas y ganaderas igual que sus esposos. En cambio, las mujeres nobles tenían otros destinos. Ellas eran educadas en la piedad. Dedicaban sus ratos de ocio a obras de caridad, la lectura, los bordados o la música y las más osadas participaban en la política de manera notable, como la propia Leonor de Aquitania. Las mujeres humildes apenas salían del lugar donde habían nacido, a diferencia de las nobles, que se desplazaban con más asiduidad.
Hay varias razones que propiciaban estos viajes. En primer lugar, estaban sus esponsales. Curiosamente, en Navarra, una mujer podía negarse hasta tres veces a casarse con el candidato propuesto por su familia. Aunque también es verdad que, si a la tercera vez no aceptaban, se les quitaba la dote y entonces era muy difícil que alguien aceptara el compromiso.
Muchas veces, cuando se concertaba un matrimonio, la mujer tenía que desplazarse a cientos de leguas. Lo hacía normalmente acompañada de un séquito en el que siempre había algún hombre de la familia que ejercía como su protector y se encargaba de ponerla bajo la tutela de su futuro esposo. La reina Blanca, antes de ser reina de Navarra, lo fue de Sicilia y hubo de viajar hasta aquel reino para desposarse con Martín el Joven, en 1403. Uno de los miembros de su familia presente en Sicilia fue su tío, mosén, Leonel de Navarra, hermano bastardo de su padre, Carlos III. Leonel fue una de las personas que la representó en su boda por poderes. Margarita, hija de García Ramírez el Restaurador, también fue reina consorte de Sicilia y se desplazó hasta allí para contraer matrimonio con Guillermo I, en 1154. Tras morir su esposo ejerció como regente durante la minoría de su heredero, Guillermo II. Berenguela, hermana de Sancho VII, se desposó con Ricardo Corazón de León en Chipre, en 1191, quien estaría representada seguramente por su hermano, Fernando. Su hermana Blanca se casó en Chartres con el conde Teobaldo III de Champaña, en 1199. Fue su sobrino Ramiro, hijo bastardo de su hermano Sancho VII el Fuerte quien la acompañó hasta el condado.

Otra de las razones por las que las mujeres se veían obligadas a viajar era por motivos de la guerra o asuntos políticos, convertidas en trofeos o prisioneras. Onneca Fortúnez, hija del rey de Pamplona Fortún Garcés, fue llevada prisionera a Córdoba, donde estuvo veinte años, y donde se casó con el príncipe Abdalá, emir omeya. Blanca de Trastámara Evreux, hermana del Príncipe de Viana, fue llevada prisionera a Orthez por orden de su padre, Juan II, por apoyar las pretensiones del príncipe. Puesta en manos de su hermana Leonor y de su cuñado, el conde de Foix, fue encerrada en la torre Moncada, donde murió en extrañas circunstancias.
Las peregrinaciones eran también otro de los motivos que llevaban a las mujeres a desplazarse. Leonor de Aquitania viajó hasta Tierra Santa para participar en la Cruzada. Y la reina Blanca realizó una peregrinación a Zaragoza para ponerse bajo el amparo de la Virgen del Pilar y también al monasterio de la Virgen de Guadalupe en Cáceres. Entre los estamentos más bajos, algunas veces, mujeres anónimas se echaban a los caminos y se juntaban para formar comunidades donde vivían bajo sus propias reglas.
El personaje de Felicia
Siendo el personaje de Felicia una mujer perteneciente al ducado de Aquitania no nos puede resultar extraño ponerla bajo el prisma de la propia Leonor; una mujer que ejerció con notable libertad los roles de duquesa, cruzada, reina de Francia, reina de Inglaterra, madre y abuela, pero que también fue castigada por su osadía. Fue una mujer longeva. Vivió 82 años en una época en la que pasar de los 45 ya era todo un récord y pasó 16 de esos 82 años encarcelada por designio de su segundo esposo, Enrique II de Inglaterra, contra el que había vuelto a sus hijos.

Centrándonos en la figura de Felicia, vemos a una joven noble, a quien su padre (como a muchas jóvenes medievales) ha concertado un matrimonio “ventajoso”, que ella claramente no acepta. Podemos pensar que, para escapar de él, convence a su padre para que le deje realizar una peregrinación hasta Santiago de Compostela, prometiendo, eso sí, casarse a su regreso. Sin embargo, Felicia nunca regresa al ducado. ¿Lo tendría pensado de antemano o lo decidiría sobre la marcha?, nos podemos preguntar.
En cualquier caso, lo que se reflejó en 1965 en el Misterio de Obanos, es que desaparece sin dejar rastro, sin avisar a su séquito. La versión contada en Labiano difiere en un punto crucial para lo que ocupamos ahora, puesto que allí los dos hermanos viajaban juntos y, en su separación, Felicia sí que le da razones de su decisión a Guillén, que volverá a Aquitania y, forzado por los padres de ambos, regresará a Navarra en busca de su hermana.
Ya tomemos como referencia lo contado en Obanos o en el Valle de Aranguren, resulta que Felicia finalmente termina refugiándose de manera anónima en el señorío de Amocáin ocupando el sitio de una vulgar sirvienta, cuando ella tenía decenas de ellas. Prefiere una vida humilde al esplendor de la corte aquitana. Prefiere servir de esta forma a Dios, antes que llevar una existencia desahogada. Decide no casarse, a soportar un matrimonio con alguien que no desea.
Sin embargo, no decide ingresar en un convento o abadía, lo que decide es quedarse como sirvienta. Este hecho, el que Felicia decidiera ser libre a la hora de elegir su existencia, no fue aceptado ni comprendido por su hermano, lo que le empujó, en última instancia, a cometer el tremendo crimen de asesinarla. Felicia debía conocer el riesgo al que se enfrentaba si no obedecía a su padre. ¿Por qué mantendría, entonces, su decisión sabiendo que la podía llevar a la muerte? Su determinación solo la podemos juzgar bajo dos aspectos.
El primero es el religioso. El servicio a Dios está por encima de cualquier otro aspecto y eso se lo deja muy claro a Guillén.
El segundo es el de la libertad. Y Felicia ejerció su libertad hasta sus últimas consecuencias, igual que lo había hecho Leonor de Aquitania enfrentándose a los estereotipos y patrones de su época.
Begoña Pro Uriarte es escritora de novela histórica, fantasía, relatos cortos y poesía.



