LA LEYENDA

Fotografia: Kamil Szumotalski

El texto «Del martirio de Santa Felicia y la penitencia de San Guillén», conocido popularmente como «Misterio de Obanos», da cuerpo literario a una leyenda secular del siglo XIV sobre los hijos de los Duques de Aquitania.

Tras recorrer el Camino de Santiago y sentir la vocación religiosa, la princesa Felicia, ganada por el fervor de los romeros y los milagros del cielo, decidió quemar su vida en el silencio, escapando de su corte, de su alcurnia y sus riquezas, en humilde servicio de nuestro Señor.

Fijó su residencia en el señorío de Amocain, del valle de Egües, donde disimuló su condición , escondió su rango y vivió tranquila y endiosada, hasta que la descubrió Guillermo, su hermano, valentón y pendenciero, que pretendió rescatarla para el larillo de la casa y las ilusiones del mundo. Todo fue en vano. Le recordaba el honor de su estirpe, los sueños que sobre ella habían trenzado sus padres, su concertado matrimonio.

Se aferraba ella a la llamada del cielo y a las exigencias de una vocación sobrenatural. Un auténtico combate entre el amor humano y el amor divino. Guillermo, borracho de vanidad, perdía sus estribos arrebatado de ira. Felicia reiteraba sus propósitos de abandonar, abismada en el silencio y la humildad. Guillermo, enajenado, dio muerte a Felicia, inocente consagrada.

El cielo hizo florecer en prodigios el sepulcro de Felicia y lo convirtió en meta de devoción en Labiano, a donde llegó por caminos de milagro.

La tumba de Santa Felicia quedó fijada en Labiano (Valle de Aranguren), mientras que su hermano Guillén alcanzó igualmente la santidad tras peregrinar a Compostela y llorar su crimen durante el resto de su vida en la ermita de Arnotegui, donde consoló a los peregrinos del Camino de Santiago y socorrió a los pobres, y donde aún hoy se veneran sus restos.